La Anaplasmosis bovina volvió a instalarse como tema de preocupación sanitaria en rodeos de la provincia de Buenos Aires. Si bien históricamente la enfermedad fue considerada esporádica en esta región, los registros recientes del Servicio de Diagnóstico Veterinario Especializado (SDVE) de la EEA Balcarce del INTA muestran un incremento de casos clínicos en distintos partidos del centro-norte bonaerense, incluso en establecimientos sin antecedentes recientes de ingreso de animales provenientes del norte argentino, donde la enfermedad es endémica.
La enfermedad forma parte del denominado “complejo tristeza bovina”, integrado además por las babesiosis causadas por Babesia bovis y Babesia bigemina. En el caso de la anaplasmosis, el agente causal es la bacteria Anaplasma marginale, que parasita los glóbulos rojos y provoca cuadros de anemia severa, pérdidas productivas y, en cuadros agudos, la muerte de los animales.
En Argentina, la tristeza bovina presenta carácter endémico principalmente en el norte del país, donde la presencia de la garrapata común del bovino (Rhipicephalus microplus) constituye un factor central para la transmisión de babesiosis y también de anaplasmosis. Sin embargo, en provincias de la región central —como Córdoba, Santa Fe, La Pampa y Buenos Aires— comenzaron a registrarse brotes con mayor frecuencia de la esperada.
En Buenos Aires, al no estar presente la garrapata, la principal vía de diseminación estaría asociada a la transferencia de sangre infectada mediante prácticas iatrogénicas y, posiblemente, a la acción de insectos hematófagos.
Una enfermedad con nuevos interrogantes
Tradicionalmente, los brotes de anaplasmosis en Buenos Aires se asociaban al ingreso de bovinos provenientes de zonas endémicas. Los animales portadores que ingresaban podían actuar como reservorios y desencadenar cuadros clínicos cuando se transmitía a bovinos “nativos” susceptibles, sin inmunidad natural.
Desde hace unos años, en el SDVE del INTA Balcarce comenzaron a detectarse casos en establecimientos sin movimientos recientes de hacienda desde el norte del país. Esta situación abre interrogantes sobre otras posibles vías de circulación del agente, entre ellas la participación de vectores mecánicos como tábanos y moscas hematófagas.
Los investigadores remarcan que, aunque existen fuertes sospechas sobre el rol de estos insectos en la transmisión regional, todavía faltan estudios que permitan cuantificar su verdadera importancia epidemiológica en el centro de Argentina.
La casuística registrada por el SDVE evidencia además una marcada estacionalidad. La mayor cantidad de brotes ocurre entre fines del verano y el otoño, particularmente entre marzo y julio, coincidiendo con períodos de elevada actividad de insectos hematófagos. Otra posibilidad, sería la transmisión iatrogénica, producto del intercambio de sangre entre animales infectados y sanos, a través de vacunaciones u otras maniobras.
Los casos diagnosticados se concentraron principalmente en partidos como Navarro, 9 de Julio, Carlos Tejedor, Pehuajó, Trenque Lauquen, General Villegas, Saladillo, Lincoln y Capitán Sarmiento.
La edad, un factor determinante
Uno de los aspectos más importantes de la enfermedad es la relación entre gravedad y edad de los animales afectados. Los terneros menores de 9 a 12 meses suelen presentar una resistencia natural y, en muchos casos, desarrollan inmunidad protectiva tras el primer contacto con el agente.
En cambio, cuando la infección ocurre en bovinos adultos sin exposición previa, los cuadros suelen ser mucho más severos, desarrollando formas agudas con elevada mortandad.
A su vez, los bovinos que sobreviven pueden transformarse en portadores persistentes de Anaplasma marginale, manteniendo la bacteria en circulación durante años sin manifestar signos clínicos.
Trabajos realizados en la provincia de Buenos Aires lograron detectar animales clínicamente sanos pero infectados varios años después de ocurrido un brote, situación que representa un desafío sanitario para los rodeos, y el posible origen para nuevos brotes.
Signos clínicos y diagnóstico
La manifestación clínica más característica de la anaplasmosis bovina es la anemia severa. En animales enfermos pueden observarse mucosas pálidas, ictericia, fiebre, debilidad, pérdida de estado corporal y disminución abrupta de la producción láctea en tambos. En algunos casos también se registran abortos y muertes súbitas.
Durante las necropsias, uno de los hallazgos más orientativos es la esplenomegalia (aumento del tamaño del bazo; Figura 1), acompañada frecuentemente de hepatomegalia (aumento del tamaño del hígado) y sangre diluida producto de la anemia.

El diagnóstico se realiza mediante observación microscópica de extendidos sanguíneos, buscando estructuras compatibles con Anaplasma marginale dentro de los eritrocitos (Figura 2). A partir de allí puede estimarse el porcentaje de parasitemia.

Como complemento, los especialistas destacan la utilidad de técnicas moleculares como PCR, especialmente en regiones donde históricamente la enfermedad no debería estar presente. Sin embargo, subrayan que estas herramientas deben interpretarse junto con la información clínica, epidemiológica y patológica del rodeo.
Prevención y manejo sanitario
Los técnicos remarcan que la prevención continúa siendo la herramienta más importante para reducir el impacto de la enfermedad.
Entre las principales medidas recomendadas se encuentra la estricta higiene en las prácticas veterinarias cotidianas. El cambio de agujas entre animales, la correcta desinfección del instrumental y el reemplazo de guantes de palpación rectal son prácticas fundamentales para evitar la transmisión iatrogénica.
Además, cuando se incorporan animales provenientes de zonas endémicas, resulta clave evaluar el riesgo sanitario y considerar el historial epidemiológico de la hacienda ingresada.
En establecimientos con elevada exposición o movimientos frecuentes de animales desde regiones endémicas, la vacunación preventiva puede constituir una herramienta estratégica. La inmunización suele aplicarse en animales jóvenes, entre los 4 y 10 meses de edad, para generar protección antes de la adultez.
Sin embargo, la aplicación de vacunas vivas en animales adultos susceptibles puede desencadenar cuadros clínicos graves. Por ello, recomiendan evaluar cuidadosamente el perfil inmunológico del rodeo y diseñar planes sanitarios específicos junto a laboratorios y veterinarios de referencia.
En cuanto al tratamiento, los cuadros clínicos suelen abordarse con antibióticos como oxitetraciclina o con drogas específicas como imidocarb.
El desafío de comprender la dinámica regional
Para los investigadores, el escenario epidemiológico actual plantea la necesidad de profundizar estudios regionales sobre la enfermedad, especialmente en relación con el rol de los vectores hematófagos en la transmisión.
El incremento de casos en zonas consideradas históricamente libres o de baja incidencia podría indicar cambios epidemiológicos aún no completamente comprendidos.
En este contexto, el monitoreo sanitario, el diagnóstico temprano y la adopción de buenas prácticas veterinarias aparecen como herramientas centrales para disminuir pérdidas en los rodeos bonaerenses y evitar la diseminación de la enfermedad. Además de la mortandad, la anaplasmosis puede generar impactos asociados a caída de peso, disminución de la producción láctea y mayores costos sanitarios.