En una campaña favorecida por buenas condiciones para la implantación y un comportamiento climático que acompañó el crecimiento del cultivo, los ensayos comparativos de rendimiento de avena realizados en la Chacra Experimental Miramar (MDA) arrojaron resultados destacados para los sistemas ganaderos de la región sudeste bonaerense. Con una producción acumulada promedio de 4.941 kg de materia seca por hectárea, el ciclo 2025 superó en un 9 % el promedio histórico de los últimos ocho años, consolidándose como una campaña de rendimiento medio-alto.
Los resultados corresponden a la novena campaña de evaluación de producción de materia seca de avena en ese sitio experimental, en el marco de la red coordinada por el Grupo de Mejoramiento y Calidad Vegetal de la Estación Experimental Agropecuaria Bordenave del INTA. El trabajo integra información generada en distintos ambientes productivos del país —desde el sudoeste bonaerense hasta La Pampa, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Río Negro— con el objetivo de evaluar adaptación y productividad de nuevos cultivares forrajeros.
En esta campaña se analizaron 26 materiales de avena forrajera mediante un diseño experimental en bloques completos aleatorizados con tres repeticiones. El ensayo fue implantado el 14 de marzo sobre rastrojo de girasol, en siembra directa, y contempló manejo nutricional y sanitario para acompañar la expresión del potencial de los materiales evaluados. Se aplicaron 86 kg/ha de fosfato diamónico a la siembra y 150 kg/ha de urea luego del primer corte, además de estrategias de control químico de malezas en pre y postemergencia.
La producción de forraje se evaluó a través de cuatro cortes realizados entre fines de abril y comienzos de septiembre, midiendo tanto materia seca por corte como producción acumulada. Los resultados evidenciaron diferencias estadísticas significativas entre cultivares, mostrando respuestas productivas contrastantes aun bajo un mismo ambiente de evaluación (Tabla 1).

Ese es, precisamente, uno de los principales mensajes del ensayo: no todos los cultivares responden de la misma manera ante un mismo ambiente, y disponer de datos generados en condiciones productivas reales permite reducir incertidumbre en la toma de decisiones.
Un clima que acompañó
El desempeño observado estuvo influido por una secuencia climática que, en términos generales, favoreció al cultivo. Marzo registró precipitaciones 99 % superiores al promedio histórico (1979 – 2024), permitiendo una adecuada recarga del perfil para sostener el desarrollo inicial. Aun cuando abril presentó lluvias por debajo de lo normal, la disponibilidad hídrica acumulada compensó ese déficit.
Durante mayo, temperaturas superiores a la media y precipitaciones cercanas al promedio, junto con un evento extremo hacia fin de mes, acompañaron el crecimiento del cultivo. En invierno se registraron heladas frecuentes, propias del ambiente, aunque sin comprometer significativamente la productividad. Entre marzo y septiembre el cultivo recibió alrededor de 410 mm de lluvia, un aporte clave para sostener la oferta forrajera lograda.
Desde lo fisiológico, la producción acumulada hasta el 8 de septiembre coincide con el inicio de la encañazón, momento en que comienza a declinar tanto la calidad como la capacidad de rebrote del cultivo. Esto marca también, desde una lógica ganadera, el cierre de una etapa de aprovechamiento pastoril y la transición hacia la producción de grano.
Información para decidir
Los ensayos comparativos de cultivares cumplen una función estratégica para productores y asesores, porque permiten evaluar no solo volumen de forraje sino también estabilidad productiva, adaptación y comportamiento frente a variaciones ambientales.
En este caso, además del rendimiento superior al histórico, los indicadores estadísticos del ensayo —con un coeficiente de variación de 17,82 %— respaldaron la consistencia de los resultados obtenidos.
Los resultados muestran diferencias productivas entre materiales y permiten identificar cultivares destacados para distintos planteos ganaderos, desde esquemas orientados al pastoreo hasta planteos de doble propósito (Tabla 1). Esa información aporta criterios concretos para ajustar decisiones de siembra según objetivos productivos y ambiente.
Además del análisis de rendimiento, el trabajo incorpora una guía de cultivares inscriptos por INTA Bordenave y otros materiales forrajeros como centeno, cebada y triticale, con información sobre destinos, comercialización y referencias técnicas (Tabla 2), un insumo para productores y asesores al momento de evaluar alternativas.

Mejoramiento y adaptación regional
Los resultados vuelven a poner en valor el rol de las redes de evaluación territorial como soporte del mejoramiento genético. En especies forrajeras anuales, donde ambiente, manejo y genética interactúan de manera determinante, la generación de información local resulta clave para ajustar recomendaciones.
Desde esa perspectiva, Miramar aporta un ambiente representativo del sudeste bonaerense, complementario a otros sitios de la red, y permite robustecer la evaluación de nuevos materiales en escenarios diversos.
En un contexto donde la eficiencia en la producción de forraje adquiere centralidad en los sistemas ganaderos, contar con cultivares adaptados, información comparativa confiable y manejo ajustado se vuelve un componente estratégico.
Los resultados de la campaña 2025 refuerzan ese camino: la combinación entre condiciones ambientales favorables, manejo agronómico y genética permitió alcanzar rendimientos superiores al promedio histórico y aporta evidencia concreta para orientar decisiones productivas.
Como destacan los autores, la caracterización fenológica y productiva de los cultivares puede profundizarse a partir de la información disponible en la red de evaluación, una herramienta que continúa consolidándose como referencia para el sector.