Tradicionalmente, los residuos orgánicos fueron percibidos por la agricultura y la agroindustria como un material molesto, difícil de gestionar y costoso de tratar. Estiércoles, purines, subproductos de faena, descartes hortícolas y residuos de procesado formaban parte de un catálogo creciente cuyo destino implicaba gastos en depuración, transporte y control.
Sin embargo, la combinación de factores globales —energía más cara, incremento del costo de los fertilizantes y la necesidad de reducir impactos ambientales— aceleró un cambio estructural: el residuo dejó de ser un pasivo y comenzó a ser visto como un insumo estratégico.
En este contexto, el especialista Raúl Moral Herrero, de la Universidad Miguel Hernández de Elche (España), compartió su perspectiva durante su visita a la Argentina por el V Simposio de Residuos Agropecuarios y Agroindustriales – IX SIGERA. Para Moral Herrero, el residuo orgánico históricamente ha sido un material molesto para la actividad agroalimentaria pero hoy el escenario es distinto: “la guerra en Ucrania, la energía cara y el aumento del costo de los nutrientes. Esto obliga a mirar alrededor y preguntarse qué recursos locales podían ser útiles”.
En Argentina, este proceso ya tiene experiencias concretas. En sistemas hortícolas, frutícolas, ganaderos y algunas iniciativas extensivas, el compost y el digestato se utilizan como fuente parcial o complementaria de nutrientes, con buenos resultados en estructura del suelo, materia orgánica y sostenibilidad económica. Para el productor, estos insumos representan una oportunidad para reducir costos de fertilización, mejorar la eficiencia por pasada y aprovechar mejor los nutrientes disponibles en el territorio.
Ver al residuo como oportunidad
Según el catedrático, la adopción de tecnologías como el compostaje y la digestión anaeróbica han transformado al residuo en un material de interés económico. Estas prácticas permiten transformar descartes agroindustriales y efluentes ganaderos en fertilizante, energía y enmiendas capaces de aportar nutrientes y mejorar la calidad del suelo.
Sin embargo, no siempre el agricultor está convencido de utilizar este tipo de subproductos. En este punto es crucial el aporte de las ciencias y la agronomía, para brindar una propuesta en el marco de la economía circular con el fin de diseñar productos bien formulados, de fácil manejo y a la vez capacitar acerca de su correcta aplicación: dosis, cantidades, momentos.


Asociado a esto, otro desafío es contar con la dosis óptima de nutrientes para satisfacer la necesidad del cultivo, porque según algunos productores a veces sucede que “el producto es bueno, pero cuesta aplicarlo; se necesitan muchas pasadas con el tractor”. Ante esta limitación, Moral Herrero propone combinar lo mejor de lo orgánico con lo mejor de lo inorgánico. Así nació el concepto del material organomineral, que permite aplicar en una sola pasada una solución fertilizante completa (Figura 1). “El próximo desafío es integrar orgánico e inorgánico en un producto eficiente, práctico y de alto valor agronómico.”

Moral Herrero es director del instituto de Investigación CIAGRO, que integra a más de 66 investigadores del sector Agtech. Desde su experiencia, lo que mejor ha funcionado en España y también en Argentina son los proyectos concretos para necesidades específicas. Hoy, con la formación disponible, los técnicos, las experiencias exitosas y la presencia de excelentes maestros compostadores en Argentina, cada vez más actores se acercan a la industria y preguntan cómo valorizar residuos específicos, como el descarte de pelado de cebolla o residuos agroindustriales diversos. La clave son proyectos modulares, pequeños, demostrativos y escalables, adaptados al contexto local.

Tecnologías disponibles
Luciano Orden, también de la Universidad Miguel Hernández de Elche (España), lidera proyectos en relación con el desarrollo de sistemas agropecuarios más resilientes y sostenibles, combinando investigación científica y herramientas tecnológicas avanzadas.
Durante las actividades demostrativas realizadas junto a INTA Balcarce (Tabla 1) presentó tecnologías de compostaje abierto (windrow) y cerrado (in-vessel), utilizando máquinas volteadoras de pilas de compost autopropulsadas con control remoto y radiocontrol, además de sistemas de pelletizado y aplicaciones de biofertilizantes y enmiendas con maquinaria agrícola de distintas escalas. Todas estas tecnologías están orientadas a mejorar la eficiencia del proceso y reducir pérdidas de nutrientes.

En cuanto a los potenciales beneficios del uso de los subproductos del agro, Orden subrayó que se incluyen una mayor sostenibilidad económica y ambiental, la posibilidad de reducir el uso de fertilizantes químicos y aprovechar momentos de precios elevados en fertilizantes inorgánicos para disminuir costos mediante el uso de nutrientes reciclados. Uno de los principales desafíos, según el especialista, es contar con normativas específicas que regulen estas prácticas y faciliten su adopción en sistemas productivos.
Conclusión
El desarrollo de tecnologías locales, las capacidades instaladas en INTA y la experiencia de especialistas nacionales e internacionales permiten que la valorización de residuos avance como una alternativa real para la agricultura argentina. El desafío ahora es consolidar proyectos escalables, generar marcos normativos claros y desarrollar productos cada vez más eficientes, accesibles y ajustados a las necesidades del productor.