El maíz es uno de los cultivos estratégicos para la producción agropecuaria argentina. Su importancia trasciende la alimentación humana y animal, ya que también abastece numerosas cadenas agroindustriales. Sin embargo, producir maíz resulta cada vez más desafiante. A la mayor frecuencia de eventos de sequía se suma el incremento de enfermedades que afectan raíces y tallos, una combinación que compromete seriamente los rendimientos y obliga a buscar nuevas herramientas de manejo.
Frente a este escenario, investigadores del INBIOTEC (CONICET) y del IPADS (CONICET-INTA Balcarce) evalúan microorganismos nativos del suelo que podrían aportar nuevas herramientas para el manejo del maíz. El trabajo forma parte del proyecto FONTAGRO (ATN/RF-20638-RG) “Aprovechamiento de bioproductos para fortalecer la resiliencia climática”, que busca integrar hongos benéficos capaces de promover el crecimiento del cultivo, mejorar su respuesta frente al déficit hídrico y contribuir al control de enfermedades.
Un doble desafío para el cultivo
Las pérdidas ocasionadas por el déficit hídrico pueden alcanzar hasta el 50 % del rendimiento en determinadas regiones del país, especialmente cuando la falta de agua coincide con etapas críticas del desarrollo del cultivo. A este escenario se agrega el aumento de enfermedades provocadas por hongos fitopatógenos como especies de Fusarium y Macrophomina phaseolina, responsables de podredumbres de raíz y tallo que afectan la estabilidad y productividad del cultivo.
Diversos trabajos atribuyen este incremento tanto a las condiciones climáticas como a cambios en los sistemas de producción. La permanencia de rastrojos bajo siembra directa, la intensificación agrícola y la menor rotación de cultivos favorecen la supervivencia de estos patógenos en el suelo. Además, las altas temperaturas y el estrés hídrico vuelven a las plantas más susceptibles a las infecciones.
Aunque prácticas como la elección de híbridos, el ajuste de fechas de siembra o el uso de fungicidas continúan siendo herramientas fundamentales, los investigadores sostienen que será necesario incorporar nuevas tecnologías que permitan avanzar hacia sistemas productivos más sustentables.
Microorganismos aliados
Entre las alternativas más prometedoras aparecen los bioinsumos elaborados a partir de microorganismos benéficos.
Dentro de este grupo se destacan los hongos formadores de micorrizas arbusculares (HFMA), capaces de establecer asociaciones simbióticas con las raíces de la mayoría de las plantas. Gracias a esa relación, amplían el volumen de suelo explorado por el cultivo, mejoran la absorción de agua y nutrientes e incrementan la tolerancia frente a distintos tipos de estrés.

Otro grupo de gran interés corresponde a especies del género Trichoderma, ampliamente reconocidas por su capacidad para competir con hongos patógenos, limitar su desarrollo y estimular diversos procesos fisiológicos asociados al crecimiento vegetal.
Sin embargo, la eficacia de estos microorganismos depende en gran medida de la cepa utilizada y de su adaptación a las condiciones ambientales donde serán aplicados. Por ese motivo, el proyecto se concentró en evaluar aislamientos nativos obtenidos en Argentina.
Primer paso: controlar a los patógenos
La primera etapa del trabajo consistió en analizar la capacidad de tres cepas nativas de Trichoderma para inhibir el crecimiento de hongos patógenos del maíz en condiciones de laboratorio.
Los ensayos demostraron que las tres cepas evaluadas redujeron aproximadamente un 65 % el crecimiento de dos aislamientos de Fusarium. En el caso de Macrophomina phaseolina, dos de las cepas superaron incluso ese nivel de inhibición, mientras que una tercera alcanzó alrededor del 50 %.
Estos resultados confirmaron el marcado potencial antagonista de los microorganismos evaluados frente a dos de los principales agentes causales de enfermedades del cultivo.

Del laboratorio a las plantas
Luego de comprobar su actividad en laboratorio, el equipo avanzó hacia ensayos en plantas de maíz cultivadas en suelo inoculado con los patógenos.
En estas evaluaciones, una de las cepas de Trichoderma redujo significativamente los efectos de Fusarium, favoreciendo el crecimiento de las plantas y aumentando el peso seco de la parte aérea. En el caso de Macrophomina, si bien las diferencias estadísticas fueron menores, las plantas inoculadas mostraron una tendencia consistente a presentar mayor desarrollo tanto en raíces como en biomasa aérea.
Los investigadores destacan que estos resultados permiten considerar a estas cepas como candidatas para futuros desarrollos de agentes de biocontrol destinados al manejo integrado de enfermedades del maíz.

Una estrategia integrada frente a la sequía
La etapa siguiente buscó responder una pregunta clave: ¿qué ocurre cuando estos microorganismos actúan conjuntamente?
Para ello, las cepas de Trichoderma se combinaron con hongos formadores de micorrizas arbusculares y proteínas del suelo relacionadas con la glomalina, evaluándose su comportamiento tanto bajo disponibilidad normal de agua como en condiciones de déficit hídrico.
Como era esperable, las plantas sometidas a estrés hídrico presentaron menor crecimiento. Sin embargo, aquellas inoculadas con los microorganismos benéficos mostraron mejoras significativas respecto de los tratamientos sin inoculación.
Uno de los resultados más relevantes fue que esas respuestas resultaron comparables a las obtenidas en tratamientos que recibieron una fertilización convencional reducida en un 50 %. Esto sugiere que estos microorganismos podrían contribuir no sólo a mejorar el comportamiento del cultivo frente al estrés, sino también a optimizar el uso de fertilizantes.

Hacia bioinsumos adaptados a los sistemas productivos argentinos
Los resultados obtenidos muestran que los microorganismos nativos poseen un importante potencial para transformarse en herramientas de manejo sustentable del cultivo.
Por un lado, las cepas de Trichoderma demostraron capacidad para limitar el desarrollo de hongos patógenos asociados a importantes pérdidas productivas. Por otro, la combinación de estos microorganismos con hongos micorrícicos favoreció el crecimiento del maíz tanto en condiciones normales como bajo estrés hídrico.
Aunque los investigadores señalan que aún resta validar estos resultados en ensayos a campo, el conocimiento generado constituye una base sólida para avanzar en el desarrollo de bioinsumos adaptados a las condiciones agroecológicas argentinas. En un contexto donde la agricultura enfrenta el desafío simultáneo de mantener la productividad y reducir su impacto ambiental, este tipo de estrategias podría convertirse en una herramienta clave para fortalecer la resiliencia de los sistemas agrícolas.