La toma de decisiones en los sistemas agropecuarios se desarrolla hoy en un contexto climático distinto al de décadas pasadas. El aumento progresivo de la temperatura y los cambios en el ciclo hidrológico están modificando las condiciones bajo las cuales se planifican las estrategias productivas. En particular, el incremento de la demanda evaporativa de la atmósfera asociado al calentamiento global se reconoce como uno de los procesos más relevantes que afectan la disponibilidad de agua en los agroecosistemas (IPCC, 2021; Karimzadeh et al., 2025).
En este escenario, el análisis de series climáticas de largo plazo permite identificar tendencias persistentes que van más allá de la variabilidad interanual propia de cada campaña. Comprender estas transformaciones resulta clave para interpretar la respuesta de los cultivos y de los sistemas ganaderos frente al cambio climático (Yuan et al., 2024).
Un caso particularmente ilustrativo surge del estudio de la serie climática de la estación meteorológica manual de la Chacra Experimental Integrada Barrow (CEI Barrow), que cuenta con registros continuos desde 1938. A partir de estos datos se analizó la evolución del clima estival —definido como el trimestre diciembre–enero–febrero (DJF)— durante el período 1938–2025, con el objetivo de identificar cambios en las variables térmicas, las precipitaciones y el balance hídrico.
Veranos cada vez más cálidos
El análisis de las series climáticas estivales muestra un aumento significativo tanto de la temperatura máxima como de la mínima a lo largo del período estudiado (Tabla 1). Las tendencias detectadas mediante el test no paramétrico de Mann–Kendall indican incrementos estadísticamente significativos en ambas variables.

Sin embargo, el aumento más marcado se observa en la temperatura mínima, con una pendiente de 0,31 °C por década, levemente superior al incremento de la temperatura máxima (0,27 °C por década).
Este comportamiento revela que el calentamiento estival se manifiesta con mayor intensidad durante la noche.
Desde el punto de vista productivo, este aumento de las temperaturas nocturnas implica una mayor frecuencia de noches cálidas durante el verano. Este fenómeno puede afectar distintos procesos fisiológicos de los cultivos, modificar la eficiencia en el uso del agua e incluso influir sobre el confort térmico animal en los sistemas ganaderos.
Más lluvia, pero no necesariamente más agua
El análisis de la precipitación estival muestra también una tendencia creciente a lo largo de la serie analizada (Tabla 1). En promedio, las lluvias estivales aumentaron alrededor de 15 milímetros por década.
No obstante, esta señal se combina con una marcada variabilidad interanual, típica del régimen de precipitaciones de la región pampeana, donde se alternan veranos muy húmedos con otros marcadamente secos.
La evolución temporal de las variables climáticas puede observarse en la Figura 1, donde se representan las temperaturas máximas y mínimas y la precipitación estival para el período 1938–2025. Allí se evidencia que, mientras las tendencias térmicas presentan una señal persistente en el largo plazo, las precipitaciones muestran una dispersión mucho mayor entre años.

Este contraste sugiere que, aunque el régimen de lluvias muestre una tendencia positiva, su comportamiento sigue estando fuertemente influido por la variabilidad interanual.
El balance hídrico no mejora
Para evaluar el impacto conjunto de estos cambios climáticos se estimó un balance hídrico estival relativo, combinando la precipitación acumulada con una estimación simplificada de la evapotranspiración potencial basada en temperatura.
Los resultados indican que, a pesar del aumento de las precipitaciones, no se observa una tendencia significativa de mejora en el balance hídrico a lo largo del período analizado.
Como se muestra en la Figura 2, el balance hídrico presenta una marcada variabilidad entre años, sin evidenciar una señal sostenida de incremento en la disponibilidad de agua.

Este comportamiento puede explicarse por el aumento de la evapotranspiración potencial asociado a temperaturas más elevadas. En otras palabras, la atmósfera “demanda” más agua y compensa el mayor aporte de lluvias.
Implicancias para los sistemas productivos
Los resultados del estudio sugieren que el cambio climático estival en la región se expresa principalmente a través de un aumento sostenido de la temperatura, con especial intensidad en las temperaturas mínimas.
Este patrón climático configura veranos progresivamente más demandantes desde el punto de vista energético y del uso del agua. En los sistemas agrícolas, esto puede incidir sobre procesos fisiológicos clave de los cultivos, modificar la duración de los ciclos productivos y afectar la eficiencia en el uso del recurso hídrico.
En los sistemas ganaderos, las noches más cálidas pueden incrementar las situaciones de estrés térmico, afectando el bienestar animal y el desempeño productivo.
Al mismo tiempo, el hecho de que las precipitaciones aumenten sin que mejore el balance hídrico pone de relieve que más lluvia no necesariamente implica mayor disponibilidad de agua útil para los cultivos.
Por este motivo, los investigadores destacan la importancia de analizar de manera integrada la evolución de la temperatura, las precipitaciones y la evapotranspiración al momento de interpretar las condiciones climáticas y planificar estrategias de manejo.
Mirar el clima con perspectiva de largo plazo
El análisis de casi nueve décadas de datos meteorológicos en la CEI Barrow (1938-2025) permite describir un escenario caracterizado por veranos progresivamente más cálidos y con una demanda atmosférica creciente de agua.
Aunque las precipitaciones estivales muestran una tendencia al aumento, ese cambio no se traduce en una mejora del balance hídrico, debido al incremento simultáneo de la evapotranspiración.
Estos resultados subrayan la importancia de incorporar una mirada climática de largo plazo en la planificación de los sistemas productivos y en el diseño de estrategias de adaptación frente a un clima en transformación.