Una enfermedad favorecida por condiciones climáticas húmedas
El mildiu de la vid, también conocido como peronóspora, es una enfermedad causada por el oomicete Plasmopara viticola. Su presencia representa una de las principales preocupaciones sanitarias para los viñedos del sudeste de la provincia de Buenos Aires, donde las condiciones climáticas favorecen el desarrollo del patógeno.
Un relevamiento realizado durante la temporada anterior en viñedos del partido de Balcarce identificó al mildiu entre las enfermedades de mayor incidencia en la región (Gancedo Desgens et al., 2025). Este antecedente pone de relieve la importancia de fortalecer las estrategias de prevención y manejo sanitario en una actividad productiva que se desarrolla bajo condiciones ambientales diferentes de las de las principales zonas vitivinícolas argentinas.
A diferencia de la región cuyana, el sudeste bonaerense presenta un clima húmedo, con precipitaciones distribuidas a lo largo del ciclo de la vid y valores elevados de humedad relativa, especialmente durante la primavera y el otoño. Estas condiciones pueden favorecer tanto la infección como la propagación de la enfermedad.
Para que el mildiu se desarrolle deben coincidir tres factores: un hospedante susceptible, como la vid europea (Vitis vinifera); la presencia del patógeno; y un ambiente favorable. Por eso, conocer el comportamiento de la enfermedad y reconocer las condiciones que predisponen al cultivo permite anticipar decisiones de manejo.
Cómo se desarrolla el mildiu
La lluvia y el viento intervienen en la dispersión del patógeno, mientras que la presencia de agua sobre los tejidos vegetales facilita la infección. Las zoosporas de P. viticola son estructuras móviles que se desplazan en el agua hasta alcanzar los estomas de las hojas, por donde ingresan al tejido vegetal.
El tiempo durante el cual las hojas permanecen mojadas, ya sea por efecto de la lluvia o del rocío, influye en las posibilidades de infección. Después de que esta ocurre, la temperatura y la humedad relativa condicionan el desarrollo de los síntomas y la severidad del ataque.
El patógeno también cuenta con un mecanismo que le permite sobrevivir entre temporadas. Durante el reposo invernal del viñedo permanece en el suelo, en la hojarasca, mediante oosporas, estructuras de origen sexual que pueden dar inicio a nuevas infecciones cuando se presentan condiciones ambientales favorables.
Este ciclo explica por qué el manejo no debe limitarse a intervenir cuando aparecen las primeras manchas. La reducción de las fuentes de inóculo, el control de la vegetación y el seguimiento de las condiciones meteorológicas forman parte de una estrategia que debe comenzar antes de que la enfermedad se manifieste.
Reconocer los síntomas para intervenir a tiempo
La identificación temprana del mildiu permite orientar las medidas de manejo y disminuir las posibilidades de que el patógeno continúe multiplicándose dentro del viñedo.
En las hojas jóvenes, uno de los primeros signos visibles es la denominada “mancha de aceite”, una lesión de aspecto translúcido y bordes poco definidos. Después de un período de incubación de cinco a siete días, el área afectada adquiere una coloración amarillenta (Figura 1).

En las hojas maduras, las lesiones presentan características diferentes: son manchas necróticas, de color marrón y forma angulosa, delimitadas por las nervaduras (Figura 2).

En el envés de las hojas puede observarse un fieltro blanquecino formado por las estructuras reproductivas asexuales del patógeno, los esporangios. Su presencia constituye otro indicador para reconocer la enfermedad (Figuras 3 y 4).

A medida que avanza la enfermedad, las hojas afectadas pueden caer de manera prematura. La defoliación suele ser más severa en las hojas jóvenes, mientras que las maduras pueden presentar daños de hasta el 50 % de su superficie antes de desprenderse.
Las consecuencias dependen del momento en que ocurre el ataque. Si la defoliación es severa y se produce cerca de la cosecha, disminuye la superficie foliar disponible para la fotosíntesis y, con ello, la síntesis de carbohidratos y la acumulación de azúcares en las bayas. Este proceso puede afectar la calidad de la uva destinada a vinificación.
Cuando la pérdida de hojas ocurre después de la cosecha, el perjuicio se traslada al ciclo siguiente: se reduce la acumulación de reservas necesarias para la próxima brotación y puede verse afectada la lignificación de los brotes. Por este motivo, el seguimiento sanitario debe mantenerse incluso después de la vendimia.
El manejo de la canopia: una herramienta central para la prevención
El manejo de la canopia -el conjunto de hojas, brotes y estructuras vegetativas de la planta- es una de las principales herramientas culturales para reducir el riesgo de infección. Favorecer la circulación del aire y el secado de las hojas, las inflorescencias y los racimos contribuye a limitar las condiciones que necesita el patógeno para desarrollarse.
Las decisiones comienzan antes de implantar el viñedo. La elección del sitio, el material vegetal y el sistema de conducción pueden facilitar el manejo sanitario durante toda la vida del cultivo.
Entre las recomendaciones para la etapa de implantación se encuentran:
– Seleccionar predios con buena circulación de corrientes de aire.
– Elegir portainjertos que no promuevan un crecimiento vegetativo excesivo.
– Definir sistemas de conducción, como la espaldera o la lira, y marcos de plantación que favorezcan la circulación del aire y la iluminación de los racimos.
– Eliminar fuentes cercanas de inóculo, como las vides abandonadas.
– En lotes en donde se realice replantación, retirar los restos vegetales de las vides anteriores, donde pueden conservarse las oosporas del patógeno.
Durante el desarrollo del cultivo, las prácticas de manejo deben sostener ese objetivo. En brotación, se recomienda eliminar el follaje cercano al suelo, especialmente susceptible a las infecciones primarias originadas a partir de las oosporas presentes en los restos vegetales de la temporada anterior.
La fertilización también requiere atención. Ajustar el aporte de nutrientes a la demanda del cultivo permite evitar excesos de nitrógeno que estimulen un crecimiento vegetativo desmedido. Asimismo, el desbrote y el deshojado en proximidad a los racimos favorecen la aireación y el secado de las bayas.
En los cultivos realizados a pie franco, la eliminación de los brotes basales contribuye a disminuir las infecciones tempranas. A su vez, los restos vegetales provenientes de la vendimia y la poda -como hojas, sarmientos y orujo- deben compostarse antes de distribuirlos como abono. Este tratamiento permite eliminar el inóculo presente en los residuos y reduce la posibilidad de que se desarrollen plántulas espontáneas de vid capaces de contribuir a la generación de inóculo secundario durante la primavera.
Estas medidas culturales no reemplazan necesariamente los tratamientos fitosanitarios, pero ayudan a reducir las condiciones favorables para la enfermedad y complementan las decisiones de control.
Monitorear el ambiente para anticipar las infecciones
El control químico del mildiu se apoya principalmente en estrategias preventivas. La oportunidad de aplicación es determinante: los tratamientos deben planificarse cuando se verifican condiciones ambientales predisponentes, antes de que la infección avance y se manifiesten daños importantes.
Para orientar esas decisiones existen modelos predictivos que combinan información sobre el ciclo de vida del patógeno con variables agrometeorológicas. Estas herramientas permiten estimar la probabilidad de infección y anticipar el desarrollo de síntomas a partir de las condiciones registradas en el ambiente.
En la Unidad Integrada Balcarce (UIB), FCA UNMdP e INTA Balcarce, se estudian y validan modelos de predicción para determinar el momento y la frecuencia de las aplicaciones de fungicidas. El trabajo utiliza variables disponibles en estaciones agrometeorológicas instaladas en los predios, con el propósito de aportar información para ajustar las intervenciones a las condiciones de cada viñedo.
La humedad relativa elevada, los períodos lluviosos y las neblinas densas son algunas de las situaciones que requieren atención. Su seguimiento permite complementar las observaciones a campo y orientar una estrategia preventiva acorde con el riesgo de infección.
La combinación de monitoreo ambiental, reconocimiento de síntomas y prácticas culturales ofrece una base para tomar decisiones con mayor precisión. En este esquema, la aplicación de productos fitosanitarios debe responder a la situación sanitaria y ambiental del cultivo, respetando siempre las condiciones de uso autorizadas.
Las alternativas de control químico y sus restricciones
La disponibilidad de productos fitosanitarios registrados constituye una limitación para el manejo del mildiu en viñedos destinados a la producción de vino. Según el Registro Nacional de Terapéutica Vegetal del SENASA consultado en el informe técnico para 2026, las alternativas autorizadas son escasas en comparación con las disponibles para uva de mesa.
Para el cultivo de vid con destino a vinificación, el informe identifica dos productos a base de fungicidas del grupo químico de las ftalimidas, clasificados por el Comité de Acción contra la Resistencia a Fungicidas (FRAC) como M04, correspondiente a un modo de acción multisitio.

Estos fungicidas actúan sobre distintas etapas del metabolismo de los patógenos y, principalmente, inhiben la germinación de sus esporas. Su acción es preventiva: forman una barrera de protección sobre los tejidos vegetales antes de que se produzca la infección.
Para lograr una buena eficacia, resulta fundamental alcanzar una cobertura adecuada de las hojas. Esto requiere calibrar correctamente los equipos de aplicación y ajustar la técnica a las características del cultivo. También pueden emplearse coadyuvantes -como tensioactivos, correctores de pH, secuestrantes de cationes o antievaporantes- cuando sean apropiados para las condiciones de uso y el producto seleccionado.
El informe también señala la posibilidad de combinar el manejo con fertilizantes a base de fosfitos de calcio, magnesio, cobre o potasio, que pueden contribuir a las defensas de las plantas frente a P. viticola. Su utilización debe evaluarse en función de la estrategia de manejo y de las recomendaciones técnicas correspondientes.
La selección de los productos y la planificación de las aplicaciones requieren, además, considerar la normativa vigente. Los profesionales ingenieros agrónomos matriculados deben confeccionar la Receta Agronómica Obligatoria utilizando exclusivamente productos autorizados y respetando las condiciones expresamente establecidas en el marbete para el cultivo y el patógeno correspondientes. El empleo fuera de esas condiciones constituye una desviación de uso.
En la provincia de Buenos Aires, la gestión de la receta debe realizarse mediante el Sistema de Gestión Integral de la Receta Agronómica Obligatoria (SIGIRAO), que incorpora información relativa a las normativas municipales para la aplicación de productos agroquímicos.
También es indispensable respetar las dosis y los períodos de carencia. Estas precauciones contribuyen a garantizar la inocuidad del vino y a evitar efectos perjudiciales de los residuos de fungicidas sobre las levaduras responsables de la fermentación.
Ampliar las herramientas disponibles para la región
La incidencia del mildiu en el sudeste bonaerense, las pérdidas económicas asociadas y la escasez de alternativas químicas autorizadas para la uva de vinificación plantean la necesidad de fortalecer el trabajo conjunto entre los sectores científico, productivo y regulatorio.
Los organismos de investigación, como el INTA y las universidades, disponen de conocimientos sobre
la eficacia de principios activos, su residualidad, toxicología, impacto ambiental y riesgo de desarrollo de resistencia. Esa información puede contribuir a evaluar alternativas y fundamentar decisiones para el manejo sanitario regional.
La articulación entre el SENASA, los colegios profesionales, las instituciones científicas y las empresas productoras de fitosanitarios permitiría avanzar en la evaluación de herramientas de control y en la ampliación de las opciones disponibles, siempre dentro de los requisitos regulatorios correspondientes.
El desafío consiste en desarrollar estrategias que respondan a las condiciones particulares del sudeste bonaerense. Para ello, es necesario combinar el conocimiento del ciclo de la enfermedad con información meteorológica local, prácticas culturales y un uso responsable de los productos autorizados.
En una región donde la humedad ambiental favorece el desarrollo del patógeno, la prevención debe ocupar un lugar central en el manejo de los viñedos. El manejo de la canopia, el monitoreo sistemático y las aplicaciones oportunas permiten reducir el riesgo de infección y proteger el follaje que sostiene la producción de la campaña y genera las reservas que la planta necesita para el ciclo siguiente.
La integración de estas herramientas, junto con la generación de información técnica y el trabajo coordinado entre productores, asesores e instituciones, constituye la base para mejorar el manejo del mildiu y acompañar el desarrollo de la vitivinicultura en el sudeste bonaerense.