Las campañas con precipitaciones superiores al promedio ofrecen mejores condiciones hídricas para los cultivos de gruesa. Sin embargo, disponer de más agua no garantiza alcanzar rendimientos elevados. La respuesta también depende de que el suelo aporte los nutrientes necesarios para acompañar el crecimiento de los cultivos.
En maíz, soja y girasol, una nutrición adecuada tiene un impacto directo sobre la producción y el resultado económico. Según estudios locales, las brechas entre el rendimiento potencial en secano y el que efectivamente obtienen los productores se ubican entre el 30 y el 50%, según el cultivo. Además, esas diferencias tienden a ampliarse en años húmedos (Aramburu Merlos et al., 2015).
Una de las razones es que los esquemas habituales de fertilización no siempre acompañan el incremento de la demanda nutricional cuando mejora la disponibilidad de agua. En esas condiciones, los cultivos pueden producir más biomasa y granos, pero necesitan contar con una oferta suficiente de nutrientes para sostener ese crecimiento.
Por lo tanto, frente a escenarios de mayor potencial, un diagnóstico preciso de la fertilidad del suelo se vuelve la herramienta insustituible para respaldar las decisiones de manejo, optimizar la inversión en fertilizantes y asegurar que el agua se traduzca en kilos de grano.
Diagnóstico de nutrientes en el sur bonaerense: ¿dónde enfocar la mirada?
Fósforo
El fósforo es uno de los primeros nutrientes que conviene evaluar al planificar la fertilización de los cultivos de gruesa. En el sudeste bonaerense, los umbrales críticos de fósforo disponible, medido mediante el método Bray-1 (P-Bray), se ubican alrededor de 15 partes por millón (ppm) para maíz y entre 12 y 15 ppm para soja y girasol. Estos valores ayudan a estimar la probabilidad de obtener una respuesta al agregado de fertilizantes fosfatados (García et al., 1997; Echeverría et al., 2002; Calviño y Redolatti, 2004; Diaz-Zorita, 2015).
Los análisis de suelos realizados entre 2020 y 2026 en el sudeste y sur de Buenos Aires muestran que la disponibilidad de este nutriente continúa siendo limitada en una proporción importante de los lotes. Durante ese período, las medianas anuales de P-Bray oscilaron entre 12,5 y 15,9 ppm, a partir de muestras de entre 190 y 304 lotes por año. En cada año analizado, al menos la mitad de los lotes presentó valores iguales o inferiores a los umbrales de referencia.
Tampoco se observa una recuperación sostenida de los niveles de fósforo durante el período evaluado. Esta situación sugiere que los aportes realizados mediante la fertilización no han compensado de manera suficiente la extracción del nutriente por los cultivos.
Figura 1. Evolución de los niveles de P-Bray (0-20 cm) de suelos del sudeste y sur de Bs As (n=1856) desde 2020 a 2026 (fuente: laboratorio de suelos IPADS Balcarce-Grupo Relación Suelo-Cultivo). Valores con letras diferentes indican diferencias significativas según el test de ANOVA de Welch y comparaciones múltiples de Games-Howell para medias con diferentes valores. El punto indica la mediana y las barras representan el percentil 25 y el percentil 75 de la distribución de valores. La línea punteada horizontal indica un valor promedio para esta zona a partir de valores informados por Berardo y col. (1997), en suelos con muy poca historia de fertilización.
En este contexto, la probabilidad de respuesta a la fertilización fosfatada continúa siendo de media a alta en numerosos lotes de la región. La decisión sobre la dosis debe apoyarse en el análisis del suelo, el cultivo y el rendimiento esperado, con el objetivo de atender los requerimientos de la campaña y evitar que el balance de nutrientes siga deteriorándose.
Nitrógeno y azufre: el aporte de la materia orgánica
Cuando aumenta el rendimiento esperado, lo que sucede en los años Niño, también crece la demanda de nitrógeno (N) y azufre (S). La capacidad del suelo para suministrar estos nutrientes depende, en buena medida, de la cantidad y calidad de la fracción más lábil de la materia orgánica (MO), también denominada MO particulada, y de su mineralización, proceso influenciado por la temperatura y la disponibilidad de agua.
En el sudeste bonaerense, el nitrógeno incubado en anaerobiosis (Nan) presenta una estrecha relación con dicha fracción (García et al., 2020) y constituye un indicador útil para evaluar la capacidad del suelo de aportar nitrógeno y azufre (Carciochi et al., 2016; Reussi Calvo et al., 2018).
Los registros de 2020 a 2026 muestran medianas de Nan de entre 50 y 61 ppm de nitrógeno. Esos valores representan apenas entre el 39 y el 47% de la mediana registrada en suelos prístinos de la región, cercana a 128 ppm (Wyngaard et al., 2025). Aunque se identificaron diferencias estadísticas entre años, los valores permanecieron dentro de un rango relativamente estable (Figura 2).
Figura 2. Evolución de los niveles de Nan (0-20 cm) de suelos del sudeste y sur de Bs As (n=3515) desde 2020 a 2026. Fuente: laboratorio de suelos IPADS Balcarce-Grupo Relación Suelo-Cultivo. Valores con letras diferentes indican diferencias significativas según el test de ANOVA de Welch y comparaciones múltiples de Games-Howell para medias con diferentes valores. El punto indica la mediana y las barras representan el percentil 25 y el percentil 75 de la distribución de valores. La línea punteada horizontal indica la mediana de Nan de suelos prístinos (tomado de Wyngaard et al., 2025).

La diferencia respecto de los suelos prístinos evidencia una reducción importante del potencial de mineralización y de la capacidad de suministro de nitrógeno y azufre. Como consecuencia, los cultivos dependen en mayor medida de los nutrientes aportados mediante la fertilización para alcanzar rendimientos elevados.
Los ensayos regionales permiten dimensionar el efecto de esta limitación. En maíz, para suelos con menos de 50 ppm de Nan y entre 50 y 66 kg/ha de nitrógeno como nitrato en el perfil de 0 a 60 cm a la siembra, se registraron respuestas medias a la fertilización nitrogenada de 3.100 kg/ha, con valores de entre 2.000 y 5.000 kg/ha. En suelos con más de 60 ppm de Nan y contenidos similares de nitrógeno como nitrato, la respuesta media fue de 1.100 kg/ha, con un rango de 800 a 1.600 kg/ha (Sainz Rozas et al., 2008).
En girasol, aunque la respuesta al nitrógeno suele ser menor que en maíz, se informaron incrementos cercanos a 500 kg/ha en suelos con menos de 65 kg/ha de nitrógeno como nitrato a la siembra y valores de Nan inferiores a 60 ppm (Tovar Hernández et al., 2021).
El azufre también puede limitar la producción. En maíz se registraron respuestas de entre 330 y 1.100 kg/ha en suelos con valores de Nan de 50 y 20 ppm, respectivamente, particularmente cuando el contenido de sulfato en el perfil de 0 a 60 cm fue inferior a 40 kg/ha (Carciochi et al., 2016). En soja, los incrementos de rendimiento informados oscilaron entre 300 y 700 kg/ha en suelos degradados, con contenidos de materia orgánica de entre 3,6 y 4,4% y menos de 30 kg/ha de sulfato en el mismo espesor (Divito et al., 2015).
Estos resultados respaldan la conveniencia de combinar la determinación de Nan con el análisis de las formas minerales disponibles al momento de la siembra. La evaluación conjunta permite estimar mejor la oferta de nitrógeno y azufre y ajustar la fertilización a las necesidades del cultivo.
Cinc
El cinc (Zn) también requiere atención en los planteos agrícolas del sur y sudeste bonaerense. Entre 2020 y 2026, las medianas de cinc extractable con DTPA oscilaron entre 0,76 y 1,45 ppm. Los registros muestran diferencias entre años, aunque no una tendencia temporal definida. En comparación con los niveles de suelos prístinos, los valores actuales representan entre el 24 y el 44%, un resultado consistente con un balance negativo del micronutriente en sistemas con escaso o nulo aporte de cinc mediante fertilizantes (Figura 3).
Figura 3. Evolución de los niveles de cinc extractable con DTPA (0-20 cm) de suelos del sudeste y sur de Bs As (n=2872;) desde 2020 a 2026. Fuente: laboratorio de suelos IPADS Balcarce-Grupo Relación Suelo-Cultivo. Valores con letras diferentes indican diferencias significativas según el test de ANOVA de Welch y comparaciones múltiples de Games-Howell para medias con diferentes valores. El punto indica la mediana y las barras representan el espacio intercuartílico. La línea punteada horizontal indica la mediana de Zn de suelos prístinos (tomado de Sainz Rozas et al., 2019).

La respuesta de los cultivos depende de la disponibilidad del nutriente en el suelo. En maíz, se informaron incrementos superiores a 370 kg/ha cuando el valor de cinc extractable con DTPA (Zn-DTPA) fue menor a 1,06 ppm. Sin embargo, en suelos con concentraciones inferiores a 0,87 ppm, los aumentos de rendimiento alcanzaron entre 2.000 y 2.400 kg/ha (Barbieri et al., 2017).
En soja también se identificó una respuesta a la fertilización con cinc. El umbral crítico informado de Zn-DTPA fue de 1,25 ppm y, en suelos con concentraciones de 0,77 ppm, el incremento de rendimiento llegó a 400 kg/ha (Bustos, 2022).
La comparación entre estos valores de referencia y los registros regionales indica que una proporción significativa de los lotes podría responder al agregado de cinc. Por eso, el análisis de este micronutriente merece incorporarse de manera sistemática al diagnóstico de fertilidad, especialmente en maíz y soja.
Productividad del agua y nutrición: más que milímetros de lluvia
La productividad del agua (PA) expresa la cantidad de grano producida por unidad de agua disponible. Habitualmente se calcula como kilogramos de grano por milímetro de precipitación o por milímetro de precipitación más riego.
La nutrición interviene en esa relación a través de distintos mecanismos. Una disponibilidad adecuada de nutrientes favorece el crecimiento inicial de las hojas y el cierre temprano del canopeo, lo que permite que una mayor proporción del agua se destine a la transpiración del cultivo y disminuya la evaporación directa desde el suelo. Además, mejora la fijación de carbono por unidad de agua transpirada, sin que el consumo de agua aumente necesariamente en la misma proporción.
Cuando más de un nutriente limita el crecimiento, la respuesta a la fertilización puede ser aditiva o sinérgica. En el primer caso, las respuestas individuales se suman; en el segundo, la respuesta a un nutriente cambia según la disponibilidad de otro. Por eso, evaluar cada elemento de manera aislada puede llevar a subestimar el potencial de respuesta de una estrategia nutricional integrada.
En maíz bajo siembra directa y riego, los resultados experimentales muestran que la productividad del agua aumenta con la dosis de nitrógeno en ambientes con una disponibilidad inicial muy baja de nitrógeno como nitrato: menos de 40 kg/ha en los primeros 60 centímetros del suelo (Barbieri et al., 2008) (Figura 4).
Figura 4. Rendimiento del cultivo de maíz en SD bajo riego en función de la dosis de N con para dos estaciones de crecimiento. PA: Productividad del agua (rendimiento/precipitaciones + riego).

Fuente: Barbieri et al. (2008).
La combinación de nutrientes también modifica la respuesta. En dos sitios de la región pampeana, Balcarce y Nueve de Julio, la aplicación conjunta de nitrógeno y azufre permitió alcanzar la mayor productividad del agua en maíz en ambientes con limitaciones de ambos nutrientes. Los valores iniciales informados fueron de 85 kg/ha de nitrógeno como nitrato y 34 kg/ha de azufre como sulfato en el perfil de 0 a 60 cm (Carciochi et al., 2020).
Figura 5. Rendimiento del cultivo de maíz en SD ante diferentes combinaciones de N y S en dos sitios de la región pampeana, Balcarce (izquierda) y Nueve de Julio (derecha).

Fuente: Carciochi et al. (2020).
En soja, los resultados de la campaña 2025/26 en un suelo de Balcarce mostraron otra interacción relevante. En un suelo con baja disponibilidad de fósforo y azufre, el agregado de azufre sin fósforo no produjo incrementos de rendimiento, mientras que el suministro de azufre modificó la respuesta al fósforo. La combinación de ambos nutrientes alcanzó la mayor productividad del agua (Figura 6).
Figura 6. Rendimiento del cultivo de soja en SD en la campaña 2025/26 en un suelo de Balcarce ante diferentes combinaciones de P y S.

Fuente: Sainz Rozas (comunicación personal).
Los ensayos muestran que la respuesta depende de la disponibilidad inicial de nutrientes y de las interacciones entre ellos. La fertilización debe partir de un diagnóstico que permita reconocer esas limitaciones y establecer combinaciones adecuadas para cada situación productiva.
Una estrategia que comienza en el suelo
En campañas con mayor disponibilidad hídrica, el rendimiento potencial y la demanda de nutrientes aumentan. Para aprovechar esa oportunidad, la planificación de la fertilización necesita integrar el análisis del suelo, una adecuada interpretación del mismo, el cultivo, el ambiente y los objetivos de producción.
En el sudeste bonaerense, los datos relevados entre 2020 y 2026 muestran que el fósforo disponible continúa en niveles que justifican seguir evaluándolo, que el potencial de aporte de nitrógeno y azufre desde la materia orgánica es reducido y que el cinc puede constituir una limitación adicional en numerosos lotes.
El diagnóstico debe considerar tanto las reservas y formas disponibles de los nutrientes como la capacidad del suelo para suministrarlos durante el ciclo del cultivo. En el caso del nitrógeno y el azufre, esto implica complementar el análisis de las formas minerales con indicadores como el Nan. Para fósforo y cinc, los resultados deben interpretarse en función de los umbrales de respuesta, la condición física de los suelos y los requerimientos del cultivo.
Una nutrición balanceada permite mejorar el aprovechamiento del agua, sostener mayores rendimientos y evitar que la extracción de nutrientes profundice el deterioro de la fertilidad. El objetivo es que cada milímetro disponible encuentre un cultivo capaz de convertirlo en producción.