Después de la papa, otra oportunidad para producir
La cosecha de una papa temprana deja disponible un lote en pleno verano. Entre ese momento y la llegada de las primeras heladas existe una estación de crecimiento que, dependiendo de las condiciones ambientales y del manejo, puede quedar parcialmente desaprovechada. Una experiencia realizada en Balcarce durante la campaña 2025/26 exploró qué ocurre cuando esa ventana se utiliza para implantar un maíz de ciclo corto.
La propuesta parte de una pregunta concreta: ¿es posible incorporar un segundo cultivo después de la papa para transformar la radiación, el agua y los nutrientes todavía disponibles en una nueva producción de biomasa?
Los primeros resultados son alentadores en términos productivos. El maíz sembrado inmediatamente después de la cosecha de papa produjo entre 4,4 y 5,0 toneladas por hectárea de grano y entre 11,4 y 14,0 toneladas de materia seca por hectárea. Además, permitió mantener el suelo cubierto durante parte del período que, en el sector sin maíz, quedó ocupado por el crecimiento espontáneo de malezas.
El planteo combina así dos objetivos. Por un lado, aumentar la producción anual de biomasa por unidad de superficie. Por otro, utilizar el cultivo de maíz como una cobertura activa del suelo durante un período en el que, de otro modo, podrían quedar disponibles nutrientes y recursos para las malezas.
Una siembra inmediatamente después de la cosecha
La experiencia se realizó sobre un Argiudol típico, en un lote comercial de 11 hectáreas. La papa, variedad Innovator, alcanzó un rendimiento de 45 t/ha, con un contenido de materia seca de 20,5%. La cosecha se realizó entre el 15 y el 20 de enero.
Al día siguiente de finalizar la cosecha, el 21 de enero, se sembró el maíz Pioneer P 9946 VYHR, a 0,52 metros entre hileras. Se evaluaron tres densidades objetivo: 50.000, 70.000 y 90.000 plantas por hectárea. El cultivo no recibió fertilización.
Para favorecer la emergencia se aplicaron 40 milímetros de riego, aprovechando el equipo que ya se encontraba disponible en el establecimiento. Además de las parcelas con maíz, se mantuvo un sector sin cultivo y sin riego como referencia. Las mediciones se realizaron en cuatro estaciones de muestreo para cada densidad.
El momento de implantación era uno de los aspectos centrales de la experiencia. Sembrar después de la cosecha de una papa temprana significa aprovechar una ventana relativamente corta, condicionada por la fecha de siembra, la disponibilidad de agua y la ocurrencia de las primeras heladas.
Por eso, más que pensar la práctica como una receta cerrada, los resultados deben leerse como una primera aproximación a una secuencia productiva que todavía necesita ser ajustada para diferentes condiciones de ambiente y manejo.
Buena implantación pese a los residuos
Uno de los interrogantes estaba relacionado con los residuos de herbicidas utilizados durante el ciclo de la papa. En el suelo se detectaron siete herbicidas al momento de la siembra del maíz. Metolacloro, clomazone y metribuzin representaron aproximadamente el 94% del total detectado. Sin embargo, la presencia de estos residuos no impidió una buena implantación del cultivo: el maíz alcanzó una emergencia superior al 93% y no se observaron síntomas visuales de fitotoxicidad.
Este resultado constituye una señal favorable para la continuidad de la experiencia, pero no permite establecer un nivel de seguridad para la siembra de maíz después de papa. Los autores remarcan que será necesario continuar evaluando la respuesta en otros lotes y ambientes.
La observación es relevante porque la posibilidad de establecer un segundo cultivo depende no solamente de que exista una ventana temporal suficiente, sino también de las condiciones en las que queda el suelo luego del cultivo antecesor. En este caso, el maíz logró implantarse pese a la presencia detectable de herbicidas, pero la información obtenida no alcanza para extrapolar el resultado a otras situaciones.
Entre 4,4 y 5 toneladas de grano
El maíz produjo entre 4,4 y 5,0 t/ha de grano, mientras que la producción de materia seca se ubicó entre 11,4 y 14,0 t/ha.
Las diferencias entre las tres densidades evaluadas no fueron estadísticamente significativas. La densidad de 70.000 plantas/ha mostró una tendencia hacia el mayor rendimiento de grano, mientras que la de 90.000 plantas/ha presentó el mayor rendimiento de materia seca (Figura 1).
La ausencia de diferencias significativas entre densidades es un dato importante para interpretar los resultados. En esta primera campaña no se observa una respuesta productiva que permita establecer una densidad óptima. Sí aparecen tendencias que pueden orientar futuras evaluaciones, pero será necesario repetir la experiencia para determinar si esas diferencias se mantienen bajo otras condiciones de crecimiento.
La fecha de siembra y la duración efectiva de la estación de crecimiento probablemente tengan un peso considerable en esta secuencia. El maíz comenzó su ciclo a fines de enero, por lo que el tiempo disponible antes de las primeras heladas fue sensiblemente menor al de un maíz de primera.
Más biomasa en el año
La producción del maíz adquiere otra dimensión cuando se analiza la secuencia completa. La papa había producido 9,2 t MS/ha. Al sumar la materia seca generada por el maíz, la secuencia alcanzó entre 20,6 y 23,2 t MS/ha en el año. En cambio, el sector sin maíz produjo 3,4 t MS/ha de malezas.
De esta manera, respecto del crecimiento espontáneo observado en el sector sin cultivo, el maíz incorporó entre 7,9 y 10,5 t MS/ha adicionales (Figura 2).
La diferencia permite observar uno de los principales aportes de la propuesta. El cultivo de segunda no se limita a generar una cosecha adicional. También ocupa el espacio y el tiempo disponibles luego de la papa con una especie de interés productivo.
El resultado también tiene una dimensión vinculada con el manejo del suelo. Durante el período posterior a la cosecha de papa, la presencia de un cultivo permite sostener una cobertura vegetal y evita que todo el crecimiento espontáneo quede concentrado en las malezas.
Los nutrientes también entran en la secuencia
La incorporación de un cultivo de segunda modifica además la disponibilidad de nutrientes en el suelo. Al finalizar el ciclo del maíz, el sector sembrado presentó 56% menos nitrato, 31% menos fósforo extractable y 15% menos sulfato respecto del sector sin maíz. Los autores señalan que este comportamiento es compatible con la captura de nutrientes por parte del cultivo (Figura 3).

El dato debe interpretarse con una consideración metodológica importante: la comparación fue descriptiva y se realizó a partir de muestras compuestas. Por lo tanto, los resultados permiten identificar una señal sobre el comportamiento de los nutrientes, pero no constituyen por sí mismos una estimación experimental definitiva de la cantidad de nutrientes capturada por el cultivo.
La información aporta otra dimensión al análisis de la secuencia. El cultivo de segunda no solamente utiliza radiación y agua que permanecen disponibles después de la cosecha de papa: también puede incorporar nutrientes que de otro modo permanecen en el sistema suelo-planta o quedan disponibles para otros organismos vegetales.
Menos espacio para las malezas
La diferencia de biomasa entre los dos sectores también permite observar el efecto de la implantación del maíz sobre las malezas.
Mientras el sector sin maíz produjo 3,4 t MS/ha de malezas, el cultivo ocupó ese espacio productivo y alcanzó entre 11,4 y 14,0 t MS/ha de materia seca. La competencia ejercida por el cultivo redujo fuertemente la presencia de malezas durante el período evaluado.
Los autores plantean que esta competencia puede tener una consecuencia que exceda la duración de la campaña: una menor producción de semillas de malezas podría contribuir, con el tiempo, a disminuir el banco de semillas del suelo.
Sin embargo, esa posibilidad corresponde a una hipótesis que requiere seguimiento. Para comprobarla sería necesario evaluar la dinámica de las malezas durante sucesivas campañas y no solamente la biomasa observada en esta primera experiencia.
Una cuenta que todavía queda cerca del equilibrio
La intensificación productiva no garantiza por sí sola un resultado económico positivo. En esta primera experiencia, los costos alcanzaron 550 US$/ha, mientras que el ingreso neto fue de 539 US$/ha, con un saldo parcial de –21 US$/ha.
Entre los costos considerados estuvieron la semilla, el riego, el laboreo con disco y la siembra, la cosecha y el uso de dron más herbicida. Las semillas y el riego representaron aproximadamente el 45% del costo directo.
El resultado económico, por lo tanto, quedó cerca del equilibrio. Este aspecto es central para pensar la adopción de la práctica, ya que la incorporación de un cultivo adicional implica costos y operaciones que deben ser compatibles con el margen generado.
Los propios resultados de la campaña sugieren algunos puntos sobre los cuales continuar trabajando. El año fue relativamente fresco y la primera helada ocurrió el 3 de mayo. Los autores consideran que un año más cálido, con una fecha de primera helada similar a la histórica reciente -9 de mayo-, podría ampliar la ventana de crecimiento.
También plantean como alternativas para mejorar el resultado económico adelantar algunos días la siembra, hasta el 15 de enero, y reducir el riego. A esto se suma la posibilidad de considerar en el análisis otros efectos del cultivo sobre el sistema, particularmente aquellos vinculados con la cobertura del suelo y la captura de nutrientes.
Ajustar el sistema antes de escalar
La experiencia de Balcarce permite mirar la secuencia papa temprana-maíz de segunda desde una perspectiva diferente a la de una simple sucesión de cultivos. La cosecha de la papa no necesariamente marca el final de la producción anual del lote. Si las condiciones ambientales, la fecha y el manejo lo permiten, puede abrirse una nueva ventana para producir biomasa.
En esta primera campaña, el maíz generó grano y materia seca, mantuvo el suelo cubierto, redujo marcadamente el crecimiento de malezas y mostró menores niveles de nitrato, fósforo extractable y sulfato en el suelo respecto del sector sin cultivo. Al mismo tiempo, el margen económico quedó ligeramente por debajo del equilibrio.
El resultado invita a seguir trabajando sobre los componentes que determinan el funcionamiento de la secuencia: fecha de siembra, densidad, disponibilidad de agua, fecha de helada, comportamiento de los residuos de herbicidas y resultado económico.
No todos esos factores tendrán el mismo comportamiento en cada lote. Por eso, la siguiente etapa consiste en repetir y ajustar la experiencia para conocer hasta dónde puede extenderse esta alternativa y bajo qué condiciones resulta productiva.
La lógica detrás de la propuesta es utilizar una parte de la estación de crecimiento que queda disponible después de la papa para generar una nueva producción. En lugar de dejar que radiación, agua y nutrientes sostengan únicamente el crecimiento espontáneo, el maíz los incorpora a una nueva biomasa que puede destinarse a grano o forraje y, durante su desarrollo, contribuye a mantener cubierto el suelo.
Esta primera experiencia realizada en Balcarce aporta datos concretos para continuar evaluando una estrategia de intensificación sustentable, en la que producir más por unidad de superficie pueda combinarse con un manejo más eficiente de los recursos disponibles en el sistema.