
Debajo de cada lote agrícola existe una comunidad biológica que participa en procesos fundamentales para el funcionamiento del suelo. Hongos, bacterias, protistas, nematodos, ácaros, lombrices y otros organismos intervienen en la formación y estructura del suelo, la disponibilidad de nutrientes, la regulación del agua y el carbono y diferentes mecanismos asociados a la sanidad de los cultivos.
Conocer cómo responde esa comunidad a las prácticas agrícolas se volvió cada vez más relevante frente a dos desafíos que avanzan en paralelo: la necesidad de sostener la producción de alimentos y la conservación de los servicios que brindan los ecosistemas agrícolas.
Ese fue uno de los objetivos centrales del proyecto europeo SoilGuard, desarrollado entre 2021 y 2025 y financiado por el programa Horizon 2020 de la Unión Europea. El consorcio reunió a 25 instituciones de 17 países y generó una base de información que permitió comparar sistemas agrícolas de distintas regiones y condiciones ambientales.
La Argentina participó de esta red internacional a través de investigadoras de INTA Balcarce y CONICET, que relevaron 20 establecimientos del sudeste de la provincia de Buenos Aires. Los resultados obtenidos en la región fueron incorporados a tres trabajos científicos recientemente publicados en revistas internacionales: Nature Sustainability, Global Change Biology y One Earth.
En conjunto, los estudios muestran que la relación entre biodiversidad, producción y manejo agrícola es más compleja de lo que podría suponerse a partir de una comparación simple entre agricultura convencional y orgánica.
Una transición que puede favorecer la biodiversidad
Uno de los trabajos de SoilGuard, publicado en Nature Sustainability, analizó el impacto de la transición hacia la agricultura orgánica sobre la biodiversidad del suelo, el rendimiento de los cultivos y la multifuncionalidad del sistema. Para ello se compararon 179 lotes bajo manejo convencional y orgánico, distribuidos en ocho regiones del mundo. El análisis encontró que, a escala global, no existe un compromiso inevitable entre producir alimentos y conservar la biodiversidad.
Uno de los resultados más destacados fue que los paisajes agrícolas con al menos 50% de manejo orgánico presentaron, de acuerdo con los modelos utilizados, un mejor equilibrio entre rendimiento, biodiversidad y multifuncionalidad del suelo.
La agricultura orgánica mostró además efectos favorables particularmente sobre los hongos y otros organismos eucariotas, el carbono orgánico y la actividad enzimática. En cambio, los sistemas convencionales presentaron ventajas en rendimiento y disponibilidad de nitrógeno, aunque las diferencias no fueron estadísticamente fuertes para la mayoría de las variables analizadas.
El efecto tampoco fue igual en todos los ambientes. Los mayores beneficios ecológicos asociados a la transición hacia sistemas orgánicos se observaron especialmente cuando esta se producía en suelos con niveles moderados o altos de degradación.
El resultado plantea una cuestión relevante para el manejo: el beneficio potencial de una práctica depende de las condiciones en las que se aplica. Por eso, una estrategia que funciona en determinado ambiente puede producir respuestas diferentes en otro.
El ambiente pesa más que el manejo
Esta cuestión aparece con mayor claridad en el segundo trabajo, publicado en Global Change Biology. Allí los investigadores analizaron la biodiversidad de diferentes grupos de organismos del suelo —procariotas, hongos, protistas, nematodos, microartrópodos y anélidos— en 160 sitios agrícolas distribuidos en cuatro continentes. El análisis incorporó variables vinculadas con el cambio climático, la degradación de la tierra y el manejo orgánico.
El resultado fue contundente: las condiciones ambientales explicaron una proporción mucho mayor de la variación observada en la biodiversidad que el tipo de manejo agrícola. Entre los principales factores aparecieron la temperatura y la precipitación durante los períodos más extremos, la aridez, el pH y la textura del suelo.
El manejo orgánico tuvo, en términos generales, un efecto significativo, pero pequeño. Además, ese efecto no tuvo siempre la misma dirección.
En ambientes más degradados y áridos, por ejemplo, el manejo orgánico se asoció con incrementos de la diversidad de determinados grupos. En España, los investigadores observaron aumentos en la diversidad de procariotas y protistas. En cambio, en otros ambientes, como los suelos belgas destinados al cultivo de papa, el manejo orgánico estuvo asociado con una reducción de la diversidad de algunos grupos.
La conclusión es importante porque cuestiona la idea de que exista una relación directa y universal entre una determinada forma de producción y una respuesta de la biodiversidad.
El suelo responde al manejo, pero lo hace dentro de un ambiente determinado.
Qué ocurrió en el sudeste bonaerense
La participación argentina permitió incorporar a este análisis global información generada en sistemas productivos del sudeste bonaerense. El equipo de INTA y CONICET trabajó durante la primavera de 2022 en 20 establecimientos, 10 bajo manejo convencional y 10 bajo manejo orgánico. Los sitios correspondieron a lotes destinados a trigo y cebada y fueron seleccionados considerando un gradiente de degradación de tierras asociado con la erosión hídrica y el contenido de carbono orgánico (Figura 1).

Los resultados regionales mostraron una diferencia importante respecto de algunas de las tendencias observadas en el análisis mundial.
En los establecimientos del sudeste bonaerense, el tipo de manejo no mostró un efecto claro sobre la biodiversidad ni sobre la multifuncionalidad del suelo.
Cuando se analizaron en conjunto los diferentes grupos taxonómicos, ninguno de los servicios ecosistémicos considerados -formación de suelo, regulación climática, regulación hídrica, control de plagas y calidad del agua- presentó diferencias significativas entre los sistemas convencional y orgánico. Esto no significa que biodiversidad y funcionamiento del suelo sean independientes del manejo. Al desagregar los resultados según grupos taxonómicos y sistemas productivos aparecieron algunas relaciones específicas.
Por ejemplo, en los lotes bajo manejo orgánico se identificaron asociaciones positivas entre determinados componentes de la biodiversidad y funciones vinculadas con la formación del suelo, la regulación de inundaciones y la regulación climática. Sin embargo, estas relaciones fueron puntuales y no permitieron establecer una respuesta general para todo el sistema. El contraste más marcado apareció en la productividad.
Una brecha de rendimiento mayor que la observada a escala global
En los sistemas estudiados del sudeste bonaerense, el rendimiento de trigo y cebada bajo manejo orgánico fue, en promedio, 60% menor que bajo manejo convencional.
La diferencia resulta particularmente significativa cuando se la compara con el promedio obtenido en el análisis global del proyecto, donde la reducción asociada con la producción orgánica fue del orden del 32%. Mientras la productividad mostró una diferencia significativa a favor del manejo convencional, los indicadores de diversidad y multifuncionalidad no presentaron diferencias entre ambos sistemas (Figura 2).

El dato no implica que el sistema orgánico sea necesariamente menos conveniente desde una perspectiva económica o ambiental. El rendimiento físico es solamente una de las dimensiones que determinan el resultado de un sistema productivo.
Un menor uso de insumos puede modificar los costos de producción, mientras que determinados beneficios ambientales pueden no expresarse directamente en el precio del grano. Sin embargo, la magnitud de la brecha encontrada en los establecimientos analizados obliga a considerar la productividad como una dimensión central cuando se evalúan alternativas de manejo para los sistemas cerealeros de la región.
En este punto aparece una de las principales contribuciones del estudio: los resultados obtenidos en el sudeste bonaerense muestran que no resulta suficiente trasladar directamente conclusiones generadas en otras regiones del mundo.
Qué piensan los productores
El trabajo también incorporó una dimensión que no surge de los análisis biológicos: las percepciones y preferencias de los productores. Las investigadoras realizaron entrevistas a productores de ambos sistemas de manejo. Las respuestas permitieron identificar diferencias en la manera de valorar la biodiversidad, los servicios ecosistémicos y las políticas destinadas a promover determinadas prácticas.
Los productores que desarrollan sistemas orgánicos otorgaron mayor importancia a la biodiversidad del suelo y a los servicios ecosistémicos de regulación. También mostraron mayor acuerdo con prácticas como incrementar la superficie destinada a cultivos de cobertura o reducir el uso de agroquímicos. En materia de políticas, presentaron una mayor predisposición hacia instrumentos regulatorios y acciones de sensibilización.
Los productores convencionales, en cambio, otorgaron mayor prioridad a la productividad y a los servicios ecosistémicos vinculados con la provisión. También mostraron mayor receptividad hacia instrumentos económicos, entre ellos los créditos de carbono.
A pesar de estas diferencias, hubo un punto de coincidencia: ambos grupos reconocieron la importancia de conservar el suelo.
Las principales limitaciones señaladas para avanzar hacia sistemas orgánicos estuvieron relacionadas con la disponibilidad de asesoramiento técnico, la existencia de mercados diferenciados y la generación de investigación adaptada a las condiciones locales.
Estas respuestas agregan otra dimensión al problema. Las decisiones de manejo no dependen únicamente de la respuesta biológica de un suelo, sino también de las condiciones económicas, institucionales y de mercado en las que trabaja cada productor.
Del suelo al bienestar humano
El tercer artículo de SoilGuard, publicado en One Earth, amplía todavía más la perspectiva.
El trabajo propone un marco conceptual denominado Soil Biodiversity and Well-being Framework, destinado a vincular de manera cuantitativa la biodiversidad del suelo con el bienestar humano.
La propuesta busca relacionar los procesos ecológicos que ocurren debajo de la superficie con factores sociales, económicos y de gestión. El objetivo final es avanzar hacia indicadores que permitan medir de manera más integrada los efectos de las decisiones de manejo.
Esta mirada resulta particularmente relevante porque transforma la biodiversidad del suelo de una variable exclusivamente ecológica en un componente asociado al funcionamiento de los sistemas productivos y al bienestar de las sociedades que dependen de ellos.
La formación del suelo, la regulación del agua y del clima, el control de plagas o la calidad del agua son procesos que pueden tener consecuencias económicas y sociales, aunque no siempre tengan un precio explícito en el mercado.
Más que una dicotomía
La participación argentina en SoilGuard permitió incorporar los sistemas del sudeste bonaerense a una red internacional de investigación y, al mismo tiempo, puso en evidencia la importancia de producir conocimiento situado.
A escala global, los resultados muestran que la agricultura orgánica puede generar beneficios sobre determinados componentes de la biodiversidad sin que necesariamente exista una pérdida proporcional de productividad. Pero los datos regionales presentan un escenario diferente: en los sistemas cerealeros analizados, el manejo orgánico no produjo diferencias claras en biodiversidad o multifuncionalidad y estuvo acompañado por una brecha de rendimiento considerable.
Más que contradecir los resultados internacionales, estos datos ayudan a interpretarlos.
El clima, las características del suelo, el nivel de degradación, los cultivos y las prácticas utilizadas forman parte de un sistema que condiciona las respuestas. Por eso, la discusión sobre el futuro del suelo no debería reducirse a una oposición entre agricultura convencional y agricultura orgánica.
Para el sudeste bonaerense, el desafío consiste en identificar qué combinaciones de prácticas permiten sostener la producción y, al mismo tiempo, conservar o mejorar las funciones del suelo. Cultivos de cobertura, rotaciones, manejo de residuos, reducción de pérdidas de suelo, uso eficiente de insumos y otras estrategias pueden formar parte de esa búsqueda, siempre que sean evaluadas bajo las condiciones ambientales y productivas de cada región.
En ese sentido, los resultados de SoilGuard no cierran la discusión: la amplían. La evidencia internacional muestra tendencias generales, mientras que la experiencia argentina señala la necesidad de profundizar el monitoreo local y generar información que permita medir simultáneamente productividad, biodiversidad, funciones del suelo y resultados económicos.
Para los sistemas agrícolas del sudeste bonaerense, contar con esa evidencia será fundamental para diseñar estrategias de conservación del suelo que no se apoyen en recetas universales, sino en decisiones de manejo respaldadas por conocimiento científico generado en los propios ambientes productivos.